Lágrimas por la aristocracia

Mi tío Gino era un auténtico aristócrata. Un aristócrata de los de verdad, quiero decir, un miembro de la nobleza: Gino Almagiá Gairinger, viudo de doña Carmen Pérez del Pulgar y Muguiro, hija del marqués de Salar, grande de España y bla, bla bla… En realidad no era mi tío, sino el tío segundo de mi madre, primo carnal de mi abuelo. Pero en la familia todos le conocíamos como Tito Gino. Todo un personaje… Sigue leyendo

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Por si acaso…

Planeta Santiago
La iglesia de Larrimbe llegó a ocupar un puesto importante en el planeta de mi infancia.

Alguna vez me ha dado por pensarlo, pero francamente no tengo ni idea de si mi madre era de verdad creyente, o se trataba solo de guardar las apariencias… por si acaso. Y digo por si acaso porque era hija de un judío italiano y una luterana sueca que, si no me equivoco, renunciaron a sus respectivas creencias para poder vivir como personas respetables en la España de Franco. Y eso no era ninguna broma en aquellos tiempos. Sigue leyendo

Julskinka, la navidad en mi familia

Por navidad, en mi familia se come jamón. Jamón sueco de navidad, julskinka (creo que se escribe asi). La costumbre, o más bien la tradición, viene ya de tres generaciones, y parece que va a seguir firme en la cuarta y siguientes. Mi abuela Brita Carlson, Mamabrita, la trajo desde Falun, en Suecia, donde es una tradición tan arraigada como en otros lugares el pavo o el besugo. Sigue leyendo

Memoria de Acceso Aleatorio: el disco de la guerra

Como corresponde a un buen fin de semana en primavera, esta mañana he estado segando la hierba y haciendo otras labores en el jardín. Bien enchufado a mis auriculares, por supuesto. A Spotify, que para eso tengo cuenta premium. Algo suave y tranquilo… vamos a ver qué hay de clásica. ¿Classical for the new age? Bueno, vale.

El caso es que la segunda pieza era el gran final de la Obertura 1812 de Tchaicovsky. Una interpretación completa y bastante buena, con toda la parafernalia que rodea a esta obra. No he tenido más remedio que parar la segadora, sentarme en el suelo, cerrar los ojos y subir el volumen a tope. Y retroceder cuarenta años en el tiempo.

La Obertura 1812 será siempre para mi “el disco de la guerra”. Un brillante disco de grueso vinilo que mi padre nos ponía los domingos antes de comer en su mágico “pick-up” (¡el picú!) estéreo del salón. Allí nos sentábamos mis hermanas y yo, frente a los enormes altavoces de madera y cartón, colgados en la pared con la separación ideal para apreciar el efecto de profundidad sonora. Una y otra vez, mi padre nos explicaba la disposición de la orquesta, y cómo y por qué sonaban los instrumentos a un lado u otro de la habitación. Una y otra vez saltábamos de emoción cuando llegaban las campanas y los cañones del apoteósico final. Y luego, en cuanto se oían los aplausos (era una grabación en vivo), mi madre nos llamaba para ir a la cocina a comer los inevitables macarrones del domingo.

Aquel elepé con la foto de unos cañones en la portada formaba parte de una liturgia que no nos cansábamos de repetir. Ni los hijos ni los padres. Escuchar “el disco de la guerra” antes de comer con los ojos cerrados era una fiesta. Hacía tiempo que no lo oía. Ha sido toda una experiencia; tengo que acordarme de comentarlo con mis hermanas y mi padre.

Hare Krishna!

Hare Krishna

Tendría yo unos dieciséis años, más o menos. Mis padres hicieron un viaje a Londres con unos amigos. De compras, supongo; corrían finales de los 70, y aquello era lo más. Recuerdo a mi madre, que siempre había sido muy yeyé (por algún sitio tengo una foto suya montada en vespa, con gafas negras y pantalón pitillo), describiéndonos a su vuelta los escaparates de Carnaby Street con los ojos brillantes. Y a mi padre, ejerciendo de joven y moderno industrial vasco, con su gabardina Burberrrys y su txapela de ala ancha. Sigue leyendo