Día 0. Regreso al camino IV: al rico peregrino

“De los productores de títulos como ‘Mondoñedo a Santiago a pinrel’ y ‘Noche toledana en Castrojeriz’, llega ahora el relato de las descacharrantes aventuras del Rico Peregrino y su enemorada por la mítica Tierra de Campos…”

Podría seguir así un buen rato, jeje, en promo cinematográfica. Pero lo cierto es que llego ya bastante tarde. Empezamos a andar el sábado y estamos ya a miércoles sin escribir una línea; me temo que se me ha pasado ya hasta el estreno.

Después de casi tres años sin peregrinar no teníamos muchas perspectivas de continuar con la aventura. Pero ya se sabe, cuando menos se salta, va y piensa la liebre (¿o no era así?). Una semana más o menos libre, ganas y poco más nos hacía falta.

Esta vez no nos iba a pasar lo mismo que las anteriores. Lurdes decidió (bueno, en realidad ya lo tenía decidido) que si había que peregrinar, lo haríamos con estilo. En hoteles. Y si era posible, en paradores. Como Dios manda. Y yo iba a poder andar lo que quisiera, que lo que es ella no se iba a quejar. De hecho, decidió que llevaría el coche cada día al pueblo de destino, y allí haría unos cuantos kilómetros de regreso hasta encontrarme en el camino y vuelta.

Bueno, pues si había que peregrinar con coche de apoyo llevándome la mochila, durmiendo en habitación con baño y comiendo de restaurante… Qué diablos, no me iba a quejar, ¿no? ¡A peregrinar como los ricos se ha dicho!

De nuevo en Castrojeriz

Llegamos a la villa burgalesa el sábado a media tarde, bañados por una mágica luz de atardecer castellano. Había reservado una habitación doble en la Posada Emebed, en la mismísima plaza mayor de la villa.

La web del establecimiento prometía, pero la realidad superó todas las expectativas.

Se trataba de una casa de notables del siglo XVIII primorosamente rehabilitada y decorada con una juguetona mezcla de minimalismo moderno, reutilización de elementos antiguos y mestizaje con artesanía y pintura de origen etíope de lo más molona. Lo de Etiopía viene a que los propietarios, una pareja de médicos catalanes, tienen una “especial relación” (no quedó claro de qué tipo) con este país, donde han trabajado varios años y han emprendido diversos proyectos “propios”, según nos explicó Jordi. 

La casa cuenta con 10 habitaciones, repartidas en nada menos que siete niveles, un amplio salón en el más bajo, donde estuvieron las cuadras, unas espectaculares bodegas excavadas en la roca y dos deliciosas terrazas, una en el nivel más bajo y otra en el quinto, con vistas a los campos y la puesta de sol. Una pasada.

Después de hacer la visita a la casa y tomar posesión de la habitación, salimos a dar una vuelta por el pueblo y cenamos en el jardín de Iacobus, un menú peregrino rodeados de la habitual mezcolanza cultural del camino: alemanes bullangueros, coreanos tímidos, rubicundas nórdicas, espigados estadounidenses… 

Y luego a la cama, que mañana hay que madrugar. 

Lurdes sentada en un banco
Lurdes a la luz de atardecer
  
calavera y tibias
¡Por aquí pasó el capitán Sparrow!
  
Puerta. ¿O es que no se nota?
  
Selfie sin palo. Con Pablo. Y con Lurdes. en Iacobus.
    
Pablo en Castojeriz
Preparando la mochila
 

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Epílogo: vuelta a casa

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Lurdes y Thorsten esperando el autobús bajo el viejo chopo

Como de costumbre, a eso de las cinco de la madrugada los peregrinos comienzan a levantarse y recoger sus cosas para ponerse en camino. Nosotros no cogemos el autobús hasta las ocho, así que remoloneamos un poco antes de levantarnos. Ha sido una noche dura. Estamos contentos por iniciar el regreso a casa.

A eso de las siete dejamos el albergue, y cruzamos de nuevo Castrojeriz por la calle mayor, siguiendo las marcas del camino. Ayer preguntamos a varios lugareños dónde y a qué hora se cogía el autobús para Burgos, con resultados un tanto dispares. Todos estaban de acuerdo en que la hora era las 08:00 am. Casi todos tenían bastante claro que sí, que el sábado había autobús. Pero había quien nos indicaba la marquesina cercana a la gasolinera como el punto de recogida. Sin embargo Juanjo, el hospitalero, nos contó que en la marquesina solo paraba el autobús “algunas veces”, mientras que el viejo chopo que crecía en el punto donde la Calle Mayor se cruza con la carretera era un punto seguro de recogida de viajeros. Así que hacia allí vamos. Sigue leyendo

Una nochecita toledana: Hontanas-Castrojeriz

“¿QUIÉN TE PAGA LAS CORTINAS?”, levanta la voz el peregrino sonámbulo en la oscuridad de la habitación. Son las tres y pico de una asfixiante madrugada a casi treinta grados. “DIME, ¿QUIÉN TE LAS PAGA, EH?”. No puedo más. Me levanto y le toco suavemente en el brazo. Se despierta asustado. Le digo que está hablando en sueños, farfulla unas disculpas y se vuelver a dormir de inmediato. Pronto volverá a su onírica discusión. De vuelta a mi cama, la comezón de las picaduras en brazos y piernas se hace insoportable. Me sumo en un estado febril de duermevela interrumpida cada poco por peregrinos madrugadores. No puedo más… Sigue leyendo

La vuelta al camino: Rabé – Hontanas

 

Se me acaba de cerrar el programa justo cuando habia acabado de escribir las incidencias de la jornada, así que no me queda mas remedio que escribirlas de nuevo >:( esto me enseñará que por mucho que avancen los tiempos, no hay que olvidarse de guardar lo que escribes cada pocas líneas.

Bien. Decía hace un momento que salimos a las seis y media, tras un opíparo desayuno que nos prepara Tinita, y que compartimos con dos chicas de Izarra y dos chicos de Vitoria que llegaron en bici a última hora de ayer.

A pocos kilómetros de Rabé despuntan los primeros rayos de sol sobre una colina. En la cima se recorta una silueta: es el yogui peregrino que ha dormido en nuestro albergue, que saluda al sol con unas asanas. Hay que reconocer que el momento tiene magia.

Unos km mas allá llegamos a Hornillos del Camino. En la plazas encontramos a una pareja que viaja con un golden retriever y una vieja hembra de pastor alemán. Resulta que sonde Vitoria. Es pronto y aun no ha abierto el bar, así que seguimos.

Un par de horas mas tarde llegamos a San Bol. Dicen las crónicas que antiguamente habÍa aqui un próspero pueblo, pero que por alguna razón desapareció en torno al año 1500. Hoy solo hay aqui una fuente y un albergue de peregrinos dependiente de la vecina Iglesias. El agua de la fuente, guarecida por una chopera, está helada. Comemos una lata de sardinas y un fruta y meto el pie en el Agua. Mucho mejor que el hielo, donde va a parar :)

Solo nos queda poco más de una hora hasta Hontanas, pero el cielo empieza ya a descargar fuego. Llegamos a eso de la una, un tanto machacados. El pueblo esta bien, pero no es nada del otro mundo. Una calle flanqueada por casas mando menos bonitas, una iglesia y varios albergues y hostales. Nos registramos, una ducha, lavar la ropa y a comer un menú. Y a sudar un rato echando la siesta. Luego salimos a pasear y a comprar un poco de comida para la cena y el trayecto de mañana.

La anécdota del dia es que nos encontramos con Javi Aspuru. Resulta que su mujer, Sagrario, es de un pueblo cercano de Palencia. Nos recomiendan visitar con calma Castrojeriz, a solo ocho km.

Por lo demás pasamos una tarde aburrida y sudorosa, agobiados por las moscas.

A ver qué tal se nos da mañana…

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El dia del pinchazo: Burgos – Rabé de las Calzadas

El despertador suena a las cinco y cuarto de la mañana.Uf. Desayunamos un poco de yogur y fruta en la habitación, recogemos las cosas y a la calle. Empezamos a andar a las seis y ya hace 17°C.

Salir de Burgos nos cuesta casi una hora. Vamos despacio porque en la ciudad y a media luz cuesta bastante encontrar las señales. Además, el tobillo me duele a cada paso, y el resto del cuerpo acusa el cansancio de ayer. Parece que Lurdes se ha recuperado bien, pero yo estoy entrando de nuevo en fase “¿Quien me manda a mi?”

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Del paleolítico al gótico: San Juan – Burgos

Para una noche que no empieza la gente a hacer ruido a las cinco de la madrugada, resulta que me despierto a las… ¡Cinco y cuarto! Mientras Lurdes duerme me dedico a terminar de escribir sobre la etapa de ayer. Pasadas las seis me levanto y voy al salón de la casa rural a desayunar un café de máquina. El café no es gran cosa, pero en la mesa hay una cesta con lo que parecen ser algún tipo de dulces locales, como una masa dura con levadura dorada por fuera con caramelo. Vale, vamos a probar uno. Bueno, otro… Este el ultimo, prometido. Uno mas, pero solo para acabar el café. Y así hasta que ha llegado Ludes, por pocos acabo con todos.

El sol ha salido ya. Unos estiramientos rápidos y a andar, que casi son las ocho!

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Santo Domingo-Belorado

De verdad que no entiendo por qué la gente madruga tanto. No es que me moleste, en general son silenciosos. Y si me despiertan, con darme la vuelta y seguir durmiendo, arreglado. Pero vaya, es que a no ser que vaya a hacer un día de solana absoluta o que quieras hacer una etapa especialmente larga no merece la pena. En serio.

Nosotros no vamos a hacer una etapa larga, apenas 21 km. hasta Belorado, y la previsión del tiempo es buena, así que nos permitimos remolonear un buen rato. Hasta que entra en la habitación la hospitalera, toda dicharachera ella, y abre las ventanas para que entre el sol. Falta mas de una hora para que haya que dejar el albergue, a las ocho, así que tampoco lo entiendo. ¿A qué viene tanto afán? Lurdes y yo ya estamos recogiendo todo, pero hay un chico que se encuentra mal, tiene fiebre y se va a quedar hasta que sea hora de ir al médico, ¿No podría dejarle descansar tranquilo un rato? En fin…

Desayuno rápido, yogur, fruta y al camino. La mañana está fresca y se agradece el forro. Dejamos Santo Domingo atravesando el puente construído por El Santo (así, por antonomasia, como lo llaman en su ciudad), y caminando luego por pistas entre caseríos, granjas y campos de cereal ya cosechado. Un rebaño de ovejas esquiladas nos mira y piensa que los pastores de hoy en día ya no son como los de antes. Son raros. La pista se acerca a la carretera nacional, a la que seguirá paralela casi todo el trayecto. Cada pocos kilometros encontramos un pueblo. Pequeños, antiguos, bien conservados y pavimentados con hormigón. Situados en un pequeño alto y articulados en torno a una calle mayor, en la que siempre hay una iglesia para visitar y un bar de peregrinos… Me gustan, pero aún no ha pasado un día y ya se me confunden en la memoria. Grañón, Redecilla del Camino, Castilldelgado, Villamayor del Río… Vale, si, tengo en la memoria imágenes de todos. Pero para nombrarlos he tenido que mirar de nuevo en la guía. Y es que tengo ya menos RAM que un ordenador de los ochenta.

A la salida de Grañón nos encontramos con María y José, una pareja de primos con los que compartimos unos kilómetros charlando. Resulta que ella es de San Sebastián, es copy y ha trabajado en Madrid y Dallas, nada menos. McCann y otras, toma ya. Y él es pintor (expresionismo realista, si he entendido bien), y también tiene una trayectoria en Estados Unidos. Los dos están en un punto de inflexión en su vida profesional y personal, así que se han venido a hacer el Camino. Por aquello de buscarse a sí mismos, ya sabes. Pues no se si se encontrarán, pero por el momento parece que lo están pasando bastante bien. Mas tarde nos los volvemos a encontrar en el albergue y comemos juntos. Un buen rato, creo que nos vamos a volver a ver pronto.

Como en todas las etapas, los últimos kilómetros se estiran y se estiran. Belorado no aparece. ¿Es una gota de lluvia lo que me acaba de caer? Bueno, seguro que no es nada. Ah, pues si. Hay que ponerse las capas, menos mal que las hemos traído.

Por fin llegamos a Belorado. No estamos empapados, pero si esto llega a durar un poco más igual pasamos un mal rato. Pasamos de largo del primer albergue, que parece que está un poco lejos del pueblo, y buscamos el albergue parroquial. Lleno. Nos recomiendan una pensión. Muy cara, un abuso. Llamamos a otro albergue. También lleno, me empiezo a poner nervioso. Llamo al que hemos visto a la entrada: que si, que hay sitio. Vamos para allá.

Por fuera el albergue hotel A-Santiago más parece un camping de los setenta u ochenta, de esos con un montón de banderas a la entrada y la recepción en un barracón de madera con un letrero de “english spoken” para atraer turistas. Y sin embargo resulta que es un sitio muy limpio y agradable, bien equipado y con unas duchas de auténtico lujo. Pili, que atiende el bar- restaurante (supongo que es también propietaria; si no es así, deberían hacerle socia cuanto antes), trata a los peregrinos con una familiaridad y cariño que resultan reconfortantes.

Lavando la ropa a mano coincido con Antonio, de Pamplona; fuera sigue lloviendo y ambos tenemos muy pocas cosas, así que acordamos compartir una secadora. Mientras esperamos a que se seque la ropa, charlamos de esto y de lo otro. Es informático. Ha venido en bici. Desde Roncesvalles. Le cuento que tengo un blog y le pregunto si puedo hacerle una foto. Vale. Estupendo, ahí va.

José y María iban a continuar después de comer hasta el siguiente pueblo con albergue (¿Tosantos?), pero han conocido a una pareja mayor de Belorado con la que han hecho muy buenas migas. Sigue lloviendo, así que por fin deciden quedarse en el albergue. Sus camas están al lado de las nuestras. Al otro lado duerme una mujer con la que también he estado hablando esta mañana. Es australiana y fisioterapeuta. Tiene el pelo corto y decolorado, los ojos claros y una mirada profunda y amigable.

Son ya casi las once de la noche, hace un rato que han apagado la luz y aún sigue lloviendo. La previsión para mañana es que amanezca despejado, esperemos que acierte.

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