Santo Domingo-Belorado


De verdad que no entiendo por qué la gente madruga tanto. No es que me moleste, en general son silenciosos. Y si me despiertan, con darme la vuelta y seguir durmiendo, arreglado. Pero vaya, es que a no ser que vaya a hacer un día de solana absoluta o que quieras hacer una etapa especialmente larga no merece la pena. En serio.

Nosotros no vamos a hacer una etapa larga, apenas 21 km. hasta Belorado, y la previsión del tiempo es buena, así que nos permitimos remolonear un buen rato. Hasta que entra en la habitación la hospitalera, toda dicharachera ella, y abre las ventanas para que entre el sol. Falta mas de una hora para que haya que dejar el albergue, a las ocho, así que tampoco lo entiendo. ¿A qué viene tanto afán? Lurdes y yo ya estamos recogiendo todo, pero hay un chico que se encuentra mal, tiene fiebre y se va a quedar hasta que sea hora de ir al médico, ¿No podría dejarle descansar tranquilo un rato? En fin…

Desayuno rápido, yogur, fruta y al camino. La mañana está fresca y se agradece el forro. Dejamos Santo Domingo atravesando el puente construído por El Santo (así, por antonomasia, como lo llaman en su ciudad), y caminando luego por pistas entre caseríos, granjas y campos de cereal ya cosechado. Un rebaño de ovejas esquiladas nos mira y piensa que los pastores de hoy en día ya no son como los de antes. Son raros. La pista se acerca a la carretera nacional, a la que seguirá paralela casi todo el trayecto. Cada pocos kilometros encontramos un pueblo. Pequeños, antiguos, bien conservados y pavimentados con hormigón. Situados en un pequeño alto y articulados en torno a una calle mayor, en la que siempre hay una iglesia para visitar y un bar de peregrinos… Me gustan, pero aún no ha pasado un día y ya se me confunden en la memoria. Grañón, Redecilla del Camino, Castilldelgado, Villamayor del Río… Vale, si, tengo en la memoria imágenes de todos. Pero para nombrarlos he tenido que mirar de nuevo en la guía. Y es que tengo ya menos RAM que un ordenador de los ochenta.

A la salida de Grañón nos encontramos con María y José, una pareja de primos con los que compartimos unos kilómetros charlando. Resulta que ella es de San Sebastián, es copy y ha trabajado en Madrid y Dallas, nada menos. McCann y otras, toma ya. Y él es pintor (expresionismo realista, si he entendido bien), y también tiene una trayectoria en Estados Unidos. Los dos están en un punto de inflexión en su vida profesional y personal, así que se han venido a hacer el Camino. Por aquello de buscarse a sí mismos, ya sabes. Pues no se si se encontrarán, pero por el momento parece que lo están pasando bastante bien. Mas tarde nos los volvemos a encontrar en el albergue y comemos juntos. Un buen rato, creo que nos vamos a volver a ver pronto.

Como en todas las etapas, los últimos kilómetros se estiran y se estiran. Belorado no aparece. ¿Es una gota de lluvia lo que me acaba de caer? Bueno, seguro que no es nada. Ah, pues si. Hay que ponerse las capas, menos mal que las hemos traído.

Por fin llegamos a Belorado. No estamos empapados, pero si esto llega a durar un poco más igual pasamos un mal rato. Pasamos de largo del primer albergue, que parece que está un poco lejos del pueblo, y buscamos el albergue parroquial. Lleno. Nos recomiendan una pensión. Muy cara, un abuso. Llamamos a otro albergue. También lleno, me empiezo a poner nervioso. Llamo al que hemos visto a la entrada: que si, que hay sitio. Vamos para allá.

Por fuera el albergue hotel A-Santiago más parece un camping de los setenta u ochenta, de esos con un montón de banderas a la entrada y la recepción en un barracón de madera con un letrero de “english spoken” para atraer turistas. Y sin embargo resulta que es un sitio muy limpio y agradable, bien equipado y con unas duchas de auténtico lujo. Pili, que atiende el bar- restaurante (supongo que es también propietaria; si no es así, deberían hacerle socia cuanto antes), trata a los peregrinos con una familiaridad y cariño que resultan reconfortantes.

Lavando la ropa a mano coincido con Antonio, de Pamplona; fuera sigue lloviendo y ambos tenemos muy pocas cosas, así que acordamos compartir una secadora. Mientras esperamos a que se seque la ropa, charlamos de esto y de lo otro. Es informático. Ha venido en bici. Desde Roncesvalles. Le cuento que tengo un blog y le pregunto si puedo hacerle una foto. Vale. Estupendo, ahí va.

José y María iban a continuar después de comer hasta el siguiente pueblo con albergue (¿Tosantos?), pero han conocido a una pareja mayor de Belorado con la que han hecho muy buenas migas. Sigue lloviendo, así que por fin deciden quedarse en el albergue. Sus camas están al lado de las nuestras. Al otro lado duerme una mujer con la que también he estado hablando esta mañana. Es australiana y fisioterapeuta. Tiene el pelo corto y decolorado, los ojos claros y una mirada profunda y amigable.

Son ya casi las once de la noche, hace un rato que han apagado la luz y aún sigue lloviendo. La previsión para mañana es que amanezca despejado, esperemos que acierte.

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