Un leve sentimiento de vacío y alguna estupidez | La libreta roja

Luismari, Josu y su madre, Antonia.

Continúo con el repaso a la familia. Hoy toca el turno a la familia Olivares.

Luis Urbiola y su mujer María, abuelos de Luismari por vía materna, vivían en Lodosa.

Luis era grande y corpulento, muy velludo. Y calvo. Tenía una empresa de diligencias que cubría la línea Lodosa-Pamplona. En aquellos años ya existían las primeras líneas de autobuses, pero aún se mantenían los transportes de personas y mercancías por tracción animal. Y con una cierta prosperidad, a juzgar por el recuerdo de Luismari, que pasó al menos un verano en Lodosa con sus abuelos… aunque eso ya lo contaremos luego. Sigue leyendo

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Primeros recuerdos de Luismari

“Carbón cojonudo de Cardiff”, reza reza el cartel escrito con tiza en la puerta de una lonja, en la calle Mayor de Las Arenas. Apenas ha aprendido a leer, y con toda la fascinación de los niños por lo prohibido y el lenguaje escatológico, lo lee en voz baja cada día al pasar por delante de camino al colegio.

Mayo de 1937. El cinturón de hierro de Bilbao comienza a ceder. La Legión Cóndor ha bombardeado ya Durango y Gernika. Sigue leyendo

Julskinka, la navidad en mi familia

Por navidad, en mi familia se come jamón. Jamón sueco de navidad, julskinka (creo que se escribe asi). La costumbre, o más bien la tradición, viene ya de tres generaciones, y parece que va a seguir firme en la cuarta y siguientes. Mi abuela Brita Carlson, Mamabrita, la trajo desde Falun, en Suecia, donde es una tradición tan arraigada como en otros lugares el pavo o el besugo. Sigue leyendo

Memoria de Acceso Aleatorio: el disco de la guerra

Como corresponde a un buen fin de semana en primavera, esta mañana he estado segando la hierba y haciendo otras labores en el jardín. Bien enchufado a mis auriculares, por supuesto. A Spotify, que para eso tengo cuenta premium. Algo suave y tranquilo… vamos a ver qué hay de clásica. ¿Classical for the new age? Bueno, vale.

El caso es que la segunda pieza era el gran final de la Obertura 1812 de Tchaicovsky. Una interpretación completa y bastante buena, con toda la parafernalia que rodea a esta obra. No he tenido más remedio que parar la segadora, sentarme en el suelo, cerrar los ojos y subir el volumen a tope. Y retroceder cuarenta años en el tiempo.

La Obertura 1812 será siempre para mi “el disco de la guerra”. Un brillante disco de grueso vinilo que mi padre nos ponía los domingos antes de comer en su mágico “pick-up” (¡el picú!) estéreo del salón. Allí nos sentábamos mis hermanas y yo, frente a los enormes altavoces de madera y cartón, colgados en la pared con la separación ideal para apreciar el efecto de profundidad sonora. Una y otra vez, mi padre nos explicaba la disposición de la orquesta, y cómo y por qué sonaban los instrumentos a un lado u otro de la habitación. Una y otra vez saltábamos de emoción cuando llegaban las campanas y los cañones del apoteósico final. Y luego, en cuanto se oían los aplausos (era una grabación en vivo), mi madre nos llamaba para ir a la cocina a comer los inevitables macarrones del domingo.

Aquel elepé con la foto de unos cañones en la portada formaba parte de una liturgia que no nos cansábamos de repetir. Ni los hijos ni los padres. Escuchar “el disco de la guerra” antes de comer con los ojos cerrados era una fiesta. Hacía tiempo que no lo oía. Ha sido toda una experiencia; tengo que acordarme de comentarlo con mis hermanas y mi padre.