El regreso | La libreta roja


Falkenhausen_Grohe_Grase
Falkenhausen, primero por la izquierda.

En algún momento de la ocupación alemana, llegaron a la casa de los Lapatza Olivares noticias inquietantes sobre la salud de María, la madre de Jesús. Tan inquietantes como para que Jesús se animara a “mover sus contactos” y sondeara la posibilidad de conseguir un permiso para viajar a España.

El alto mando alemán estaba en manos del general Alexander Von Falkenhausen, un aristócrata curtido en la Guerra de los Boxers en China y en la I Guerra Mundial, implicado en la conspiración del atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler y juzgado tras la guerra como represor de los judíos. Un hombre de otra época que, según Luismari, autorizó a Jesús a viajar a España “bajo palabra de caballero” de que volvería.

Una vez conseguido el beneplácito de los alemanes, faltaba el de la otra parte, la española.

El tío Manolo (Amézaga, marido de la tía Maritxu) se encargó de hacer discretamente algunas averiguaciones, con resultados poco alentadores. Jesús seguía fichado, y clasificado como peligroso por su capacidad de organizar industria de guerra.

El plan de viaje fue cancelado.

No hay noticias de cual fue el problema de salud de María, pero sobrevivió, ya que volverá a aparecer en este relato.

Tras la decepción, Jesús continuó desempeñando su trabajo y cultivando las relaciones con los alemanes. 

A comienzos de 1944, cuando la guerra ya había comenzado a cambiar de signo y poco antes del desembarco de Normandía, el tío Manolo hizo una nueva consulta a las autoridades. La ficha de Jesús había desaparecido. ¿Por influencia de los alemanes? ¿Por incapacidad de un funcionario que la traspapeló? 

Quién sabe… el caso es que había luz verde para la vuelta a Bilbao de toda la familia, así que puso en marcha los preparativos rápidamente.

Esto fue en marzo de 1944. El desembarco de Normandía comenzó el 6 de junio.

Desde Bruselas viajaron a París de nuevo en tren.

A Luismari, a punto de cumplir los 14 años, le impresionó vivamente la estampa de los coches de caballos circulando por las calles de París. O más bien las carretas, ya que no había gasolina para moverse en coche o camión.

Pasaron algunos días en París, 15 como mucho. Probablemente menos. Comieron en un restaurante llamado “Zatostre” o algo así. No hay recuerdos  de la comida, pero sí de la ambientación y los frescos pintados en las paredes, de estilo vasco.

Desde allí viajaron en tren a Hendaya, donde conocieron a una chica que ayudaba a pasar gente por el monte y que impresionó mucho a Luismari.

Era inmensa… –dice–, no recuerdo su nombre”. Y le brillan los ojos al mirar hacia arriba, de un lado a otro, rebuscando en su memoria. 

Al preparar el viaje en Bélgica Jesús y Antonia habían transformado todo el dinero que pudieron en pieles y diamantes. Como en un flashback, Luismari recuerda las mujeres que venían a probarse las prendas a la casa de Shaerbeek. 

Pieles y joyas, fáciles de transportar y de vender de nuevo una vez llegados a destino. Pero no tan fáciles de pasar por la frontera de España en tiempos convulsos. Y aquí es donde entra la contrabandista que tanto impresionó a Luismari, y de la que supongo que Jesús ya traía referencias desde antes de salir de Bélgica… o no hubiera puesto en sus manos su futuro, su vida y la de su familia.

Mientras la Gran Contrabandista pasaba las mercancías por el monte, Jesús y los suyos cruzaban la muga con todos los papeles en regla, con la ayuda de un tal Echenique, un soldado de tropa con los pies muy grandes.

“Recuerdo vivamente la comida que hicimos en Hondarribia –dice Luismari–, porque me supo a gloria. Pero he olvidado completamente lo que comí…”

Luismari reflexiona un momento mirando hacia abajo, con el ceño fruncido.  Luego me mira abriendo mucho los ojos y dice: “Los recuerdos… ¡habría que olvidarlos, como decían los mayores!”

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