Una foto de carnet


Ramón y Gloria el día de su boda
Ramón y Gloria el día de su boda

Una mañana, cuando aún faltaban más de quince años para el día de su muerte, Ramón le dijo a su mujer:

–Mira, Gloria. Esta es la foto que quiero que pongas en mi esquela cuando me muera.

–¿Cuando te mueras? ¡Pero qué chochadas dices! –respondió ella, quitándole la foto de las manos.

En el hospital, ante el cuerpo inerme de su esposo, Gloria recordaba hoy ese momento mientras la enfermera le explicaba que no tenía por qué preocuparse. Que entre el hospital y la funeraria se ocupaban de todo. Que ella sólo tenía que llevarles el DNI y una foto para la esquela. Y se ocuparían de todo.

La foto, una foto de carnet, estaba en casa, sujeta en el marco de un cuadro del salón. Esperando a que hiciera falta. Esperando al día de hoy.

Ramón tenía una relación muy especial con la muerte. Con su propia muerte, en concreto. En esa relación estaban de alguna forma presentes el miedo y el deseo. El miedo a lo desconocido. A desaparecer. O aún peor, a no desaparecer y que fuera cierto todo con lo que le habían amenazado desde niño. Y el deseo, el morbo de acabar cuanto antes con tanta incertidumbre. De saber de una vez por todas. Y descansar en paz.

Desde muy joven, cada vez que cogía una simple gripe o una indigestión, dramatizaba hasta el extremo. “Qué vais a hacer cuando no esté yo, las tres solas”, decía con expresión lastimera, encogiéndose de hombros en la cama. Bromeando. Y a la vez totalmente en serio. “Qué vais a hacer cuando yo me muera…”, se compadecía.

–¡¡Deja de decir tonterías o la que te voy a matar ahora mismo voy a ser yo!!– Le gritaba Gloria, mientras cogía el teléfono, asustada, para llamar al médico. Y él ponía cara de sufrimiento y emitía un quejido. Cuando eran pequeñas, las niñas se asustaban, y a veces rompían a llorar. Un drama.

Desde hace ya bastantes años -tal vez desde siempre- Ramón tenía la costumbre de referirse a los que habían muerto anteponiéndoles el título de “el difunto”. “El difunto Antonio solía hacer esto”, decía, o “al difunto Juan le habría gustado aquelllo”. Desde el mismo momento en que alguien moría, pasaba automáticamente a ser “el difunto”. A sus hijas esa costumbre les desconcertaba un poco. A Gloria le hervía la sangre con tanta chochada, pero qué iba a hacer. Sacudía la cabeza mientras trasteaba en la cocina y farfullaba un “¡pero bueno…!”

En los últimos tiempos, pasados ya los ochenta y muchos, Ramón solía quedarse un rato con la mirada perdida, y luego rompía a hablar de lo que solía decir “el difunto” nosequién, que había fallecido hacía diecisiete años, cuando iban juntos a los toros. O aquella vez que el difunto nosecual se había puesto hecho una fiera y la había emprendido a golpes con el difunto… ¿cómo se llamaba?… si, hombre, aquel que era primo del de Lezama.

Pocos días antes de morir, ya en la cama del hospital, se refería a los muertos con tanta naturalidad que su hija estaba convencida de que los veía, que venían a visitarle y le hablaban. A ratos Ramón se revolvía, incómodo, y miraba compulsivamente el reloj. Como si el tiempo se le estuviera haciendo largo. O como si se impacientara, esperando a que llegara su hora.

Si, Ramón era un hombre con una relación muy especial con su propia muerte. Claro que, si hemos de contarlo todo, habrá que decir que Ramón también tenía una peculiar relación con la vida.

Vivió una vida larga y plena, y su instinto le permitió aprovechar en cada momento lo mejor que aquella le ofrecía. Sin grandes ambiciones, pero también sin amargarse la vida. Sin asustarse del trabajo duro, pero sin hacer ascos a los bailes, los amigos y las juergas. No era un hombre de negocios; no prosperó, como algunos de sus amigos. En algunos momentos su familia pasó incluso estrecheces. Pero dejó a su mujer y sus hijas una casa y una lonja en el centro del pueblo, en “la calle del dólar”. Tras el ayuntamiento, junto al frontón. Una casa de la que siempre se sintió orgulloso, y que poco a poco fue  ampliando en la medida de sus posibilidades. Una tejabana que se convirtió en un pequeño pabellón, en el que instalaron el taller de carpintería que era su sustento. Unos bajos que acabaron siendo la lonja en la que puso la peluquería de su hija. Una terraza a la que se accedía desde la cocina de casa. Un txoko en la misma terraza, para las comidas familiares…

Alegre y despreocupado, galante, aficionado a cantar, a bailar y a los toros,  Ramón fue en su juventud, a su manera, un vividor, un aristócrata, un playboy. Corrió mil y un aventuras junto con su inseparable Antón, su amigo, su socio y más tarde su cuñado; ambos se casaron con sendas hermanas, Gloria y Libertad.

No se si Ramón alguna vez se planteó que le gustaría haber tenido un hijo. Lo que sí que tengo claro es que, desde el mismo instante en que vio a cada una de sus dos hijas, supo que así es como debían ser las cosas. Eran lo mejor, lo mejor que le podía pasar y mejor que cualquier otro hijo o hija de nadie. Sin duda posible. Y no es que las mimara. Sin ser estricto, era un padre recto y formal. Pero siempre podían contar con su apoyo incondicional. Y ay de quien hablara mal de ellas o pretendiera hacerlas daño.

Disfrutó viéndolas crecer y transformarse en dos hermosas mujeres. Sufrió viendo como ambas se emparejaban con hombres que no eran los adecuados. Respetó sus decisiones porque ellas nunca se equivocaban. Ni aún cuando las dos se separaron de sus maridos se le ocurrió decir “ya os lo había dicho”. Siguió apoyándolas para que rehicieran sus vidas. Y vio crecer, orgulloso, a sus nietos, corriendo y jugando en la terraza que había construido con sus propias manos.

Hoy, en la visita a la funeraria, a la que he acompañado a su mujer y a sus hijas, he sabido que Ramón pidió ser incinerado, porque no le gustaban los bichos. Y que sus cenizas se enterraran o esparcieran en el jardín de mi casa, la que comparto con la menor de sus hijas y dos de sus nietos. Mis hijos. Mi primera reacción al saberlo ha sido de perplejidad. Es un poco raro saber que alguien quiera ser enterrado en tu jardín. Luego he pensado que, de alguna manera, es un pequeño honor del que, en lo que me toca, espero seguir siendo merecedor. Y por último he pensado que, si algo tengo que aprender de todo esto, tal vez sea que debería de ir pensando en revisar mis viejas fotos de carnet y seleccionando una en la que esté favorecido. ¡Aunque espero que todavía falten mucho más de quince años para el día de mi muerte!

Posdata: hace algún tiempo escribí un relato sobre la juventud de Ramón que puedes leer aquí.

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