Ramonico (I)


Hace ahora unos noventa años Carlos, “Carlicos el carpintero”, sacaba adelante a su familia como podía. No lo tenía fácil. Junto con su mujer, Amalia, trajo al mundo nada menos que diez hijos. Dos de ellos se los llevó la gripe, pero aún así eran muchas bocas que alimentar. Así que Carlos, que se preciaba de conocer bien a las personas, redondeaba cuando podía sus ingresos haciendo de casamentero. No es que le pagaran mucho, pero tampoco era trabajo duro. Además, le gustaba pensar que ayudaba a las personas.

Cuando un mozo se lo pedía, “Carlicos el casamentero” se llegaba al caserío de la moza y le hablaba bien del joven al padre de ella. Que si es trabajador, que si es serio y formal. Que si su familia tiene monte… Si la moza “se gustaba” del pretendiente y la cosa salía bien, “Carlicos” se había ganado una comida, y si había suerte hasta se podía llevar las sobras para la mujer y los hijos. 

A Ramonico, el cuarto de los hijos de Carlos, le fascinaba el trabajo de su padre. El de casamentero no, el otro. Quería ser carpintero. Se quedaba pasmado mirando cómo su padre manejaba el serrote, el cepillo y la garlopa. Le encantaba el olor de la madera, el serrín y la viruta, y no había mejor cuento para él que ver cómo de un tronco salían tablas y listones que se acababan convirtiendo en una puerta o una mesa.

Cepillo y garlopaA Carlos le llevaban los demonios cada vez que su hijo le decía que quería ser carpintero. Este es un oficio de pobres, le decía. Tú lo que tienes que hacer es entrar a trabajar en una fábrica. ¡Y largo de aquí, vete a cuidar las vacas!

Ramonico era un niño travieso, soñador y movido, pero se guardaba muy mucho de desobedecer o llevar la contraria a su padre. “Carlicos el casamentero” podía ser un personaje entrañable, un buen profesional y un magnífico conocedor de la naturaleza humana, pero en su casa era algo más. Era el Dios de su universo, el que traía la comida y el que mantenía el orden entre una semisalvaje tropa de diez chavales. Lo que decía Padre se hacía no ya sin discutir, sino sin ni siquiera pensar. Y lo mismo valía con lo que decía Amalia.

Cuando Ramonico tenía seis años se cumplió uno de sus sueños. El día del Corpus Christi desfiló por las calles del pueblo con unas alas cosidas a la espalda y bajo una lluvia intermitente de pétalos de rosa. Ante ellos iba la comitiva de autoridades bajo palio: el cura, el alcalde, el farmacéutico… Y luego Ramonico, siguiendo como un espíritu protector a uno de los niños que acababan de comulgar por primera vez. Cuando el año anterior le había tocado a él hacer la primera comunión, le había fascinado el atuendo de su ángel guardián. Ahora era él quien resplandecía en su túnica blanca, serio, responsable, con cara de asceta.

Procesión Corpus Christi

Una vez terminada la procesión, ángeles y recién comulgados fueron a la sacrestía. El sacristán, las monjas y doña Rosita la beata ayudaban a los niños a recoger y cambiarse los disfraces por ropas de calle. Cuando doña Rosita, la misma que le había cosido en el último momento las alas a la espalda, intentó ayudar a Ramonico a sacarse la túnica por la cabeza, se dio cuenta de que algo no iba bien. La túnica se atrancaba en algún punto de la espalda. Y el niño se quejaba cada vez que intentaba sacársela del tirón. La pequeña mancha carmesí que había percibido en el nacimiento de una de las alas empezó a extenderse rápidamente. 

Un escalofrío recorrió la espalda de doña Rosita al darse cuenta de lo que había sucedido. Comprendió entonces la actitud contrita y la expresión ascética que el niño había mantenido a lo largo de toda la procesión. Estaba aguantando el dolor. Con las prisas, a través de la fina tela había cosido las alas directamente  a la piel de Ramonico.

–¿Cómo es que no has dicho nada, alma de cántaro? –le espetó la beata, sacudiéndole como si fuera él el culpable.

–Es que… –se disculpó Ramonico– yo creía que para poder vestirme de ángel tenía que sufrir. Como Jesús, ¿no?

Con el mismo espíritu de sufrimiento y disciplina aceptó Ramonico unos años más tarde, al cumplir los doce, que su padre le llevara a una fábrica de tornillos.  Allí acudía a trabajar de sol a sol, cumpliendo sin rechistar cada orden del encargado. Allí pasaba los días trayendo y llevando cajas, barriendo y limpiando, haciendo recados. Soñando con formones, gubias y martillos mientras ocasionalmente manejaba alguna máquina. Allí recibía cada semana el jornal que entregaba íntegramente a Amalia, seis pesetas nada menos, estaba hecho ya un hombre.

Así pasaron cuatro años. Hasta que un día aciago Carlos, Carlicos el casamentero, Padre, fue a la cuadra a uncir el buey. El animal se revolvió y le pilló desprevenido. “Líbrame Señor de los mansos”, debió pensar Carlos, que era hombre refranero. “Que de los bravos ya me cuido yo”.

Carlos el carpintero recibió una cornada de torero, en la ingle, y se desangró en la misma cuadra. No tuvo tiempo de despedirse ni de maldecir su suerte. Aunque lo hubiera tenido tampoco lo habría hecho. Su vida había sido plena, dejaba una familia que saldría adelante y amigos que echarían una mano. Nunca se había quejado y ya era tarde para empezar a hacerlo.

Al día siguiente del entierro, Ramonico fue temprano a la fábrica, subió a la oficina y pidió la cuenta. Volvió a casa con las cuatro pesetas que le dieron  y las dejó en la mesa de la cocina. “Voy a ocuparme del trabajo de Padre”, le dijo a Amalia. Y se dirigió a la escalera de la cuadra, donde Carlos guardaba las herramientas.

—Pero… Ramonico… ––dijo Amalia.

—No, Madre —contestó Ramón––. No soy Ramonico. Mi nombre es Ramón.

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