Cándido (I)

Olabeaga

Un día, cuando aún vivían en la Ribera de Olabeaga, Cándido cogió a su hija Gloria de la mano y le acompañó escaleras abajo por el muelle, hasta la zona húmeda y cubierta de verdín que deja la marea. Las turbias aguas de tono ocre y fuerte olor a descomposición no impedían la proliferación de algas: la carcomida barandilla metálica estaba cubierta de sargazos.

-Mira, Gloria -dijo Cándido.

Cogió una hoja de sargazo y apretó uno de sus bulbos entre el índice y el pulgar. El alga reventó con un chasquido y proyectó hacia adelante un pequeño salpicón de sustancia gelatinosa. La niña sonrió encantada. Cándido cogió un manojo de algas y acompañó de nuevo a la pequeña escaleras arriba, al encuentro de su madre. 

-¡Mira, Madre! -exclamó la niña, apretando un trozo de alga en su manita y convirtiéndola en una masa que le salpicó la ropa.

María cerró los ojos con un gesto de desagrado ante el desastre, pero luego sonrió y sacó un ajado pañuelo del bolsillo con el que intentó arreglar el desaguisado. En realidad no era la madre de la niña, pero no habría podido quererla más si la hubiera concebido en sus entrañas. 

Nunca quedó clara la razón por la que Cándido dejó a María, su primera novia, y se prendó de Felicia. Hay quien dice que fue porque María, contra el parecer de Cándido, fue a servir a la casa que “los señores” tenían en la playa. O tal vez fue sólo eso, que se prendó de Felicia y se casó con ella. Vivieron un intenso romance, pronto bendecido con un embarazo. Y nació Gloria. Pero algo salió mal. Una infección que podría haberse atajado fácilmente con un poco de penicilina se llevó en breves semanas a la primeriza, entre fiebres y dolores. Un poco de penicilina que podría haberse comprado si Cándido hubiera tenido dinero. Cándido, que sintió como su mundo se resquebrajaba y se le desgarraban las entrañas mientras abrazaba el cadáver de su esposa y escuchaba el llanto de su hija recién nacida.

Y allí estaba María. Callada y respetuosa con el dolor del hombre al que siempre había amado, se hizo cargo de la niña y del cuidado del marido de su amiga. Qué menos. Alguien tenía que hacerlo, por lo menos hasta que Cándido se recuperara. 

Pero Cándido no volvió a ser el mismo.

Gloria (I)

A Gloria nunca le había interesado la política. O mejor dicho, nunca había tenido tiempo para interesarse por ella. Bastante tenía con sacar adelante a su familia. Por eso se desconcertó un instante al ver varias papeletas que lucían la hoz y el martillo, cada una con unas siglas diferentes, en la garita habilitada para el voto secreto en el colegio electoral del Ayuntamiento.  Sacudió la cabeza, emitió un suave bufido y cogió la de PCE, la metió en el sobre y se dirigió a la mesa electoral. Eran las diez y media de la mañana del 15 de junio de 1977. Las primeras elecciones democráticas tras cuarenta años de dictadura.

Más tarde, al llegar a casa tras acudir a misa, su hija le preguntó dónde había estado. 

–He ido a votar. Al Partido Comunista.–contestó.

-¿A votar tú? ¿¿Y al Partido Comunista???

Gloria compuso su mejor sonrisa de misterio y, con un brillo de ternura en los ojos, dijo:

-Se lo debía, hija mía. Se lo debía a alguien muy importante.

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El tema del burka

A riesgo de perder actualidad, me he dado unos días para pensar antes de abrir la boca sobre este asunto.

No me gusta el burka. Parece un simple trozo de tela, pero es mucho más que eso. Es un símbolo. Una bandera. Y las banderas matan mucho más –y mejor– que las pistolas.

No me gusta el burka como no me gustan las sotanas. Son una beatería. Y desde muy pequeño aprendí que las beatas y los curas huelen rancio y te dan capones cuando no te sabes el catecismo.

No me gusta el burka porque me parece una falta de respeto por parte de algunos inmigrantes hacia la sociedad que les acoge.

No me gusta el burka, pero aún me gusta menos que se haya puesto de moda prohibirlo. En las dependencias municipales, en los mercados o en donde sea.

Si es por una cuestión de seguridad, habría que prohibir de la misma forma las gafas de sol, que también dificultan la identificación de la persona que las lleva. Y ya puestos, los sombreros y las gorras. Y los mensajeros que no se quitan el caso de la moto para entregar un paquete. Y los bigotes postizos.

Seamos serios. ¿Cuántas mujeres llevan burka hoy en una ciudad como Barcelona? ¿Cuántas hay simultáneamente en un edificio oficial un día cualquiera? ¿Son realmente un problema de seguridad? Y en tal caso, ¿por qué no se les puede pedir simplemente que se identifiquen, que se descubran y muestren su documentación?

Tampoco me vale el argumento de que el burka es un mecanismo de opresión a la mujer. Creo que en la mayoría de los casos, las mujeres que lo llevan es porque forma parte de su sistema de creencias. En otras palabras, porque quieren. Y si no quieren y su marido les obliga, nuestra sociedad pone a su disposición mecanismos de ayuda suficientes. Igual que en el caso de las occidentales maltratadas  por los cabestros de sus maridos.

No me gusta la prohibición del burka porque apesta a xenofobia, a oportunismo político y a demagogia. Y porque quiero poder seguir saliendo a la calle con sombrero, gafas de sol o un capirote de Semana Santa si me da la gana, y creo que ningún soplagaitas debería poder impedírmelo para sacar réditos electorales.

He dicho.

Ramonico (I)

Hace ahora unos noventa años Carlos, “Carlicos el carpintero”, sacaba adelante a su familia como podía. No lo tenía fácil. Junto con su mujer, Amalia, trajo al mundo nada menos que diez hijos. Dos de ellos se los llevó la gripe, pero aún así eran muchas bocas que alimentar. Así que Carlos, que se preciaba de conocer bien a las personas, redondeaba cuando podía sus ingresos haciendo de casamentero. No es que le pagaran mucho, pero tampoco era trabajo duro. Además, le gustaba pensar que ayudaba a las personas.

Cuando un mozo se lo pedía, “Carlicos el casamentero” se llegaba al caserío de la moza y le hablaba bien del joven al padre de ella. Que si es trabajador, que si es serio y formal. Que si su familia tiene monte… Si la moza “se gustaba” del pretendiente y la cosa salía bien, “Carlicos” se había ganado una comida, y si había suerte hasta se podía llevar las sobras para la mujer y los hijos. 

A Ramonico, el cuarto de los hijos de Carlos, le fascinaba el trabajo de su padre. El de casamentero no, el otro. Quería ser carpintero. Se quedaba pasmado mirando cómo su padre manejaba el serrote, el cepillo y la garlopa. Le encantaba el olor de la madera, el serrín y la viruta, y no había mejor cuento para él que ver cómo de un tronco salían tablas y listones que se acababan convirtiendo en una puerta o una mesa.

Cepillo y garlopaA Carlos le llevaban los demonios cada vez que su hijo le decía que quería ser carpintero. Este es un oficio de pobres, le decía. Tú lo que tienes que hacer es entrar a trabajar en una fábrica. ¡Y largo de aquí, vete a cuidar las vacas!

Ramonico era un niño travieso, soñador y movido, pero se guardaba muy mucho de desobedecer o llevar la contraria a su padre. “Carlicos el casamentero” podía ser un personaje entrañable, un buen profesional y un magnífico conocedor de la naturaleza humana, pero en su casa era algo más. Era el Dios de su universo, el que traía la comida y el que mantenía el orden entre una semisalvaje tropa de diez chavales. Lo que decía Padre se hacía no ya sin discutir, sino sin ni siquiera pensar. Y lo mismo valía con lo que decía Amalia.

Cuando Ramonico tenía seis años se cumplió uno de sus sueños. El día del Corpus Christi desfiló por las calles del pueblo con unas alas cosidas a la espalda y bajo una lluvia intermitente de pétalos de rosa. Ante ellos iba la comitiva de autoridades bajo palio: el cura, el alcalde, el farmacéutico… Y luego Ramonico, siguiendo como un espíritu protector a uno de los niños que acababan de comulgar por primera vez. Cuando el año anterior le había tocado a él hacer la primera comunión, le había fascinado el atuendo de su ángel guardián. Ahora era él quien resplandecía en su túnica blanca, serio, responsable, con cara de asceta.

Procesión Corpus Christi

Una vez terminada la procesión, ángeles y recién comulgados fueron a la sacrestía. El sacristán, las monjas y doña Rosita la beata ayudaban a los niños a recoger y cambiarse los disfraces por ropas de calle. Cuando doña Rosita, la misma que le había cosido en el último momento las alas a la espalda, intentó ayudar a Ramonico a sacarse la túnica por la cabeza, se dio cuenta de que algo no iba bien. La túnica se atrancaba en algún punto de la espalda. Y el niño se quejaba cada vez que intentaba sacársela del tirón. La pequeña mancha carmesí que había percibido en el nacimiento de una de las alas empezó a extenderse rápidamente. 

Un escalofrío recorrió la espalda de doña Rosita al darse cuenta de lo que había sucedido. Comprendió entonces la actitud contrita y la expresión ascética que el niño había mantenido a lo largo de toda la procesión. Estaba aguantando el dolor. Con las prisas, a través de la fina tela había cosido las alas directamente  a la piel de Ramonico.

–¿Cómo es que no has dicho nada, alma de cántaro? –le espetó la beata, sacudiéndole como si fuera él el culpable.

–Es que… –se disculpó Ramonico– yo creía que para poder vestirme de ángel tenía que sufrir. Como Jesús, ¿no?

Con el mismo espíritu de sufrimiento y disciplina aceptó Ramonico unos años más tarde, al cumplir los doce, que su padre le llevara a una fábrica de tornillos.  Allí acudía a trabajar de sol a sol, cumpliendo sin rechistar cada orden del encargado. Allí pasaba los días trayendo y llevando cajas, barriendo y limpiando, haciendo recados. Soñando con formones, gubias y martillos mientras ocasionalmente manejaba alguna máquina. Allí recibía cada semana el jornal que entregaba íntegramente a Amalia, seis pesetas nada menos, estaba hecho ya un hombre.

Así pasaron cuatro años. Hasta que un día aciago Carlos, Carlicos el casamentero, Padre, fue a la cuadra a uncir el buey. El animal se revolvió y le pilló desprevenido. “Líbrame Señor de los mansos”, debió pensar Carlos, que era hombre refranero. “Que de los bravos ya me cuido yo”.

Carlos el carpintero recibió una cornada de torero, en la ingle, y se desangró en la misma cuadra. No tuvo tiempo de despedirse ni de maldecir su suerte. Aunque lo hubiera tenido tampoco lo habría hecho. Su vida había sido plena, dejaba una familia que saldría adelante y amigos que echarían una mano. Nunca se había quejado y ya era tarde para empezar a hacerlo.

Al día siguiente del entierro, Ramonico fue temprano a la fábrica, subió a la oficina y pidió la cuenta. Volvió a casa con las cuatro pesetas que le dieron  y las dejó en la mesa de la cocina. “Voy a ocuparme del trabajo de Padre”, le dijo a Amalia. Y se dirigió a la escalera de la cuadra, donde Carlos guardaba las herramientas.

—Pero… Ramonico… ––dijo Amalia.

—No, Madre —contestó Ramón––. No soy Ramonico. Mi nombre es Ramón.