Día 2. Keep Calm and Carrión… de los Condes


A las siete y media ya ha salido el sol. Otra vez estoy nervioso y tardo un buen rato en prepararme. Ayer dejé las botas en el coche; eso significa que tengo que bajar a por ellas y luego volver a subir para dejarle las llaves a Lurdes, que duerme plácidamente. No contento con eso, al volver me doy cuenta de que me he dejado también en el coche las tiritas para las ampollas y la chaqueta. Me toca bajar y subir otra vez. Estoy tonto…

El bar de abajo, que anuncia que abre para peregrinos a las siete, está todavía cerrado. Y son más de las siete y media >:(. Me pongo en marcha, ya encontraré algún sitio saliendo del pueblo.

En efecto, un bar junto a la iglesia de San Martín está abierto. Café, tostadas, zumo y arreando. La luz de la mañana está preciosa, así que no puedo evitar tirar unas cuantas fotos a la Joya Del Románico antes de empezar a andar en serio.

   

  

  

 Ahora si, vamos allá. Los primeros kilómetros de ruta son bastante antipáticos, ya que transcurren por el arcén de la carretera. Menos mal que no hay mucho tráfico.

Parece que con las tiritas compeed las ampollas han mejorado mucho. Por si acaso, trato de no calentarme y voy a buen ritmo pero sin exagerar. Despacito y buena letra, no vayamos a liarla

Población de Campos, Revenga de Campos, Villarmentero de Campos… Pueblos de casas de adobe adosadas unas a otras,  hechos de una o dos calles a los lados de la carretera general. Me recuerdan a los típicos poblados de película del oeste. Pero en castellano recio.

Lurdes me adelanta pronto con el coche, para a saludar y continúa hacia Carrión.

Apenas hay más gente en los pueblos que los peregrinos que pasan. Así que al pasar junto a un bar le “robo” un retrato a un indígena. No parece importarle. Hago también un par de fotos de cementerios, para la colección de Brita. Y en Villarmenteros, más o menos a mitad de camino, hago un alto en un área de descanso para peregrinos, equipada con fuente, mesas de piedra y alfombra de césped. Un lujo.

   

  

  

  

  

 Me descalzo, doy un trago de agua, como un plátano, me hago un selfie. Y descanso.

Hace buen día y mientras vas andando hace calor. Pero al quedarte parado te das cuenta de que sopla brisa fresca, y como te descuides te quedas frío. Así que al cabo de un rato me calzo de nuevo y continúo viaje.

El trayecto transcurre sin novedades por un andadero paralelo a la carretera. Paisaje ondulado, campos de cereal en distintos grados de maduración, con una rica gama de tonos que va del verde al dorado y al ocre de la tierra arcillosa. Rectas interminables puntuadas frecuentemente por peregrinos de todas las razas y procedencias. Sol. Calor. Lo dicho, sin novedades.

Hasta acercarnos a Villalcázar de Sirga. Desde muy lejos se puede ver un pequeño promontorio elevado en el que se levanta el pueblo. Y destacando del mismo, la imponente silueta de Santa María, una impresionante iglesia fortaleza que fue encomienda templaria. Tengo ganas de llegar a Carrión, pero no puedo evitar desviarme unos cientos de metros para verlo de cerca y entrar. Además, no hay prisa, ¿no?

   

  

  

  

 La parada merece la pena. La portada es una preciosidad, el interior es imponente y el retablo flamenco una pasada.

Ya que estoy aquí, decido hacer avituallamiento en el bar de enfrente de la iglesia. Cervecita fresca y pincho de tortilla. Y en esas estoy cuando me llama Lurdes. Ya está en Carrión, el hostal está bien y va aponerse a andar para encontrarnos en el camino. Genial, ahora mismo salgo yo también.

Bueno, si, en cuanto recupere las fuerzas….

Pues nada, en marcha. Queda como una hora. Sol, cereal, andadero, peregrinos, más campos de cereal… Hasta que por fin atisbo a mi dama, caminando a la contra de los peregrinos ataviada con un chal que protege sus hombros desnudos de la fuerza del sol. Igual es a mí a quien le ha dado demasiado el sol, pero me siento como el peregrino enardecido de amor cortés, feliz de nuevo de reunirse con su amada. ¡Alabado sea el señor!

   

 El albergue Santiago de Carrión está bien. La habitación tiene algunos detalles, la cama es amplia y el baño es luminoso y limpio. No se puede pedir más.

Una buena ducha y salimos a dar una vuelta y a comer. 

Nos inclinamos por Abel, una de las recomendaciones que nos hacen desde el hostal. Mala idea. Buenas intenciones pero un menú del día vulgar y pesado, en un entorno que parece anclado a principios de los ochenta hasta en la emisora de radio que tienen como música de fondo.

Siesta.

Callejeo. Un buen paseo por el precioso parque a la orilla del río. Que por cierto está sorprendentemente caudaloso, da gusto verlo. Nos sentamos un rato. Más callejeo. En realidad, no es la primera vez que visitamos Carrión, hace unos pocos años hicimos aquí una parada a la vuelta de un viaje a Astorga.

   

  

  

  

  

  

  

 Andando, andando, nos salimos del pueblo y llegamos al monasterio de San Zoilo. A ver si nos dejan ver el claustro… Pues no hay suerte, hoy está cerrado. Bueno, no importa. ¿Y si nos quedamos a cenar, ya que estamos aquí? Después de todo, son ya más de las ocho y media. Hecho, nos quedamos.

El restaurante está en la primera planta, bajo un techado de impresionantes vigas de madera, y decorado con gusto impecable. Compartimos media botellita de Rioja, una ensalada y dos platos de cocina moderna bien presentados, una especie de raviolis de morcilla fritos y unas mollejas. Bastante más que suficiente para sacarnos la espina del menú de Abel.

Y nos volvemos poco a poco al hostal con las últimas luces del anochecer.

Mañana será otro día… Esperemos que al menos tan bueno como este.

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